lunes, diciembre 07, 2009

El lado azul


El color del cielo había ido cambiando poco a poco. Pero no porque se hiciese de noche o de día. Era un color extraño, más verdoso que azul. Si lo mirabas atentamente, parecía que el mar hubiese cambiado de posición y se hubiese elevado a las alturas. Pero no era un color límpido. Era un color no exento de amenaza. Denso, consistente. Sintiendo un principio de vértigo, tuve que mirar al suelo. Y eso fue peor. Porque el suelo sí era azul. Un azul en el que mis pies descalzos dejaban huellas, como si fuese nieve. Pero no era frío. Ni caliente. Era un suelo que daba gusto pisar. El otro lado de la isla se había convertido en un lugar inesperado. La misma brisa presentaba un aspecto raro. Tenía una cualidad casi musical. A mi alrededor, notas incompletas iban y venían. Pero lejos de perturbarme, me gustaban. Eran como medias caricias. Pero lo que más se hacía sentir, lo que más predominaba, era el silencio. Ni siquiera mis pasos sonaban como debieran haberlo hecho. Me detuve, preguntándome dónde estaba en realidad y cómo era posible aquello. Cómo era posible que nada similar pudiese haber intuido desde mi pequeño rincón. ¿Acaso ignoré siempre que al otro lado de aquellos escasos kilómetros de tierra latía otro universo completamente distinto a todo? En ese instante creo que levanté ambos brazos, impulsado por algo que no sabría precisar. Creo que fue ahí cuando supe definitivamente que ya no era dueño de mí. Ni de mi cuerpo, ni de mi mente, ni de mi entorno. Estaba flotando. A escasos tres metros del suelo azul. Flotando. Y no había nada ni nadie contemplándome. No sé cuánto tiempo pasó, ni qué es lo que hice a partir de entonces. Sólo recuerdo, como en un sueño, haberme dejado llevar por parajes cambiantes y sin sentido. Pero en ningún momento tuve miedo. Pensaba que cuando uno es tan poco dueño de la situación, de nada sirve el temor. Me limité a disfrutar de todo como espectador. Aunque no era sólo eso. Mis sentidos estaban llenos de estímulos. Todos a la vez. Olía, tocaba, escuchaba... cosas nunca percibidas. Olores, tactos, sonidos y figuras sin nombre. Por no tener, ni siquiera tenían la cualidad de agradables o desagradables. Tampoco eran alucinaciones. Estaba sumergido en todo aquello de una manera totalmente física y consciente. El otro lado de la isla parecía ser, al fin y al cabo, el otro lado de la realidad. O uno de ellos, cuanto menos. Lo que sí recuerdo con más intensidad es la sensación de absoluta soledad. Era como si aquel extraño mundo fuese todo mío. Y así lo sentía, como de mi propiedad. No me sentía como un intruso o un recién llegado. En cada una de aquellas esencias, latía algo familiar. Como si el dueño de aquella atmósfera y de aquella arquitectura etérea fuese mi propio subconsciente, improvisando, estimulado por recuerdos encadenados que fluían sin pausa. Rostros que parecían empezar a configurarse, para deshacerse al instante, aromas que eran sustituidos por otros justo en el momento en que podían ser identificados. Daba lo mismo dónde fijase la vista, cada punto del paisaje era una sugerencia distinta. O mejor, el anticipo de una sugerencia. Tal vez alguna de ellas me ha provocado alguna clase de inquietud, porque lo cierto es que de repente he querido escapar de todo aquello y casi sin acabar de pensarlo, ya me he vuelto a encontrar caminando en sentido inverso, de vuelta a mi lugar de siempre. Me he parado. He vuelto la vista atrás... y sí, allí estaba, no sabría decir si a unos metros o a unos milímetros de mí, el lado azul de mi existencia. Luego he girado la cabeza lentamente, de nuevo hacia adelante. Ninguna cosa extraña. El paisaje habitual, con sus colores y sus ruidos familiares. Así que he seguido caminando en dirección a lo que ahora es mi casa. Y lo he hecho seguramente igual de listo o estúpido que cuando me fui, hace un par de días. ¿Un par de días? Diría que sólo siento el paso del tiempo en mi cerebro. Como si mi parte consciente quisiese asegurarse su posición dominante. Pero otra parte de mí sabe que nada de eso es así. Que lo existente y lo inexistente no cabe dentro de las palabras. Que aunque todos estemos solos, náufragos en nuestra propia isla, siempre hay un lado azul al que acudir. Un lado azul igual de incomprensible, pero menos ajeno. Y del que, por si acaso, nunca quisiera alejarme en exceso.

1 Comments:

At 2:03 a. m., Blogger Toni said...

Me encanta. Idolo (y un poco croquetas)
xxx

 

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