viernes, diciembre 04, 2009

Te llamaré Sábado


Hoy el náufrago ha preparado las maletas. Se va de puente al otro lado de la isla. El miércoles, cuando vuelva, todo volverá a ser rutinario. Pero ahora quiere disfrutar de otros árboles, de otros pájaros y de otras flores. De un mar diferente, que le cante canciones distintas. En el otro lado de la isla, seguro que habrá excursiones interesantes no programadas y visitas no guiadas apasionantes. Espera no encontrar compañeros de viaje pesados y habladores, de los que no te dejan tranquilo. Y tampoco de los silenciosos y aburridos, que no te dicen nada. En realidad, espera no encontrar a nadie. Pero no le importa. Además... ¿quién sabe? Aunque el náufrago lo único que quiere es tomarse unas pequeñas vacaciones de su abandono, para ver qué se siente. Para intentar recordar cómo era ir a algún sitio. Y luego regresar. Lo ha planeado todo minuciosamente, punto por punto: primero echará a andar y después se dejará llevar, sin prisas ni urgencias. Y no tiene intención de apartarse un ápice del programa. Lo cumplirá a rajatabla. Son sus primeras vacaciones en varios años y no piensa echarlas a perder. Ya es hora de desconectar. Si alguien pregunta por él durante su ausencia, mejor que no deje ningún recado, porque menuda putada.

jueves, diciembre 03, 2009

Diálogos junto a la hoguera: Verano del 42


-¿Sabes lo que te digo? Que ancha es Castilla.
-¿Y eso qué tiene que ver?
-¿Cón qué?
-Con los ríos.
-¿Los ríos?
-Estábamos con los ríos, señorita. Ya se ha vuelto a quedar en Babia.
-Perdona, Luisito. Se me ha ido el santo al cielo.
-Más bien se le ha ido el novio al baile.
-¿Qué? Mira, por mí como si se... pero bueno, ¿y a ti qué te importa?
-Nada, señorita. Pero es que las clases particulares me salen a siete pesetas y...
-Tienes razón. De todas maneras, lo de mi novio es cosa mía.
-Ya le gustaría.
-¿Cómo?
-Nada, nada. Los ríos. Estábamos con el Tajo.
-El Tajo... si hubiese cortado a tiempo.
-¡Señorita, joder!
-Esa boca.
-Perdón. Es que le había vuelto a dar un flash.
-Venga, venga... seguimos con el Guadiana.
-El que desaparece, ¿no?
-Exacto, el que desaparece y luego...
-Como su novio.
-Luisito, que te la estás jugando.
-Perdón, no lo he podido evitar. ¿Por qué se dice eso de "los ojos del Guadiana"?
-¿Lo de los ojos? Pues porque... ah... qué ojos tan bonitos tiene, yo es que no sé qué voy a hacer.
-Ya estamos otra vez. Mire señorita, casi mejor que lo dejemos por hoy. Llámele o algo, dígale lo que le tenga que decir y ya está.
-Sí, creo que será lo mejor. Perdóname Luisito, pero es que...
-No si yo lo entiendo perfectamente. De todas formas, si yo fuese su novio, con esas dos montañas que usted tiene...
-Luisito, ¿qué dices?
-Nada, que el jueves tocan las montañas. Hoy los ríos y el jueves las montañas.

miércoles, diciembre 02, 2009

La niña que habla sola



Érase una vez una niña morena, con el pelo largo recogido en dos coletas, que caminaba alegremente (como a pequeños saltos) por la calle de una gran ciudad. Volvía del colegio y era viernes. La cartera se bamboleaba graciosamente en su espalda, con cada pequeño saltito. Pero si te fijabas en ella, lo que más te llamaba la atención era que iba hablando sola. Era fácil imaginar lo que podía estarse diciendo. Con toda seguridad, algo de sus amigos, de todo el tiempo que le esperaba durante el largo fin de semana y de los planes ilusionantes que podría llevar a la práctica, tal vez algún programa o serie de la televisión, o acaso los ojos tímidos de ese niño rubio que de vez en cuando sentía clavados en su nuca, desde el fondo de la clase. De entre toda la gente a su alrededor, algunos pasaban por su lado sin hacerle caso. Otros se la quedaban mirando con una sonrisa o un gesto de simpatía.

Érase otra vez, muchos años después, una anciana con el pelo blanco, lacio y mal peinado, que caminaba arrastrando los pies (como sin fuerza para levantarlos del suelo) por la calle de una gran ciudad. Volvía del enésimo paseo por ninguna parte y era viernes. El bolso se movía y le pesaba, aunque estaba casi vacío. Pero si te fijabas en ella, lo que más te llamaba la atención era que iba hablando sola. Era fácil imaginar lo que podía estarse diciendo. Con toda seguridad, algo de sus amigos muertos, del poco tiempo que le quedaba ya y de las ilusiones que se quedaron en nada, tal vez algún antiguo programa o serie de televisión, o acaso los ojos odiosos de aquel hombre calvo que de vez en cuando sentía clavados en su nuca, desde el otro lado de la cama. De entre toda la gente a su alrededor, algunos se apartaban discretamente. Otros se la quedaban mirando con tristeza o un gesto de alarma.

martes, diciembre 01, 2009

El Lobo aullará esta noche


Y esta noche estará mucho más cerca de la luna. Qué fotograma tan hermoso verán por ahí arriba. Waldemar ha empezado otro de sus viajes. Y esta vez no nos lleva con él. Nos ha dejado solos, pero no del todo. Nos queda su tiempo en esta etapa. Una etapa donde hemos aprendido a conocerle, a amarle y a admirarle. Waldemar, Paul, Jacinto... la Bestia, el Artista, el Hombre. Infinitas partes de un ser privilegiado, de un talento que no dejó un solo hueco por llenar. Waldemar, Paul, Jacinto... que nos enseñó a amar el terror como se ama lo que luego nunca quieres ni puedes abandonar. Con su propio entusiasmo, que pasó a ser el nuestro, parte de uno mismo. Por encima de mentes limitadas y mezquinas, sobrevolando la mediocridad de los tiempos más grises como sólo la luz de la fantasía podía conseguir. Su luz. Su figura, desbordante, excelsa. Paul Naschy, el nombre que sabe a miedo. Que llenó nuestros rincones oscuros con otras oscuridades, más bellas, esas que no nos dejan dormir, pero que nos hacen soñar. El Lobo, el Cineasta, el Escritor... nuestro Lon Chaney, nuestro Mito. Esta vez, la bala era de plata. El Lobo aullará esta noche porque la bala era de plata y eso significa que la leyenda era cierta. Termina la vida, empieza la Leyenda.

lunes, noviembre 30, 2009

Hacer vidas, rehacer vidas


Con qué ligereza se utilizan a veces algunas expresiones. Y en cuántas ocasiones se sobrevaloran los sentimientos. Al menos, algunos de ellos. En todo caso, hoy he venido aquí a hablarte de ti, es decir, de mí. De esa vida que nunca tendremos que rehacer, porque el hacerla por primera vez nos ocupará demasiado tiempo. Aún estamos empezando. Queda todo por delante. Saber quiénes somos, qué somos. Saber qué tenemos, qué queremos. Qué materiales desechar, por inútiles, y cuántos de ellos serán irrecuperables, sin saberlo. Descifrar esas mecánicas intangibles que en ocasiones rozan el paisaje por el rabillo del ojo, para acto seguido esfumarse antes de haberlas aprehendido. Engañémonos, pensando que hay algo que entender. Inventémonos una fórmula infalible para comprender el caos y una herramienta precisa para trabajar la nada. Tantas veces creyendo haber construido algo perdurable, que se desmorona con la humedad de las últimas lágrimas. Tantas veces pensando que pisas tierra firme y antes de que llegue la noche, el abismo ya se ha fijado en ti. ¿No estaremos rehaciendo nuestra vida con cada amanecer? ¿no estaremos viviendo por primera y última vez todos los días? O más aún, ¿no será La Vida la que "nos hace" y "nos rehace" a nosotros? Inercia, ilusión, vacío... Es posible que seamos el material del que están hechos los sueños de nadie.

sábado, agosto 15, 2009

Actualización de inseguridad.

Algún día tendría que escribir cualquier cosa por aquí. Aunque sólo fuese para fingir que ha pasado algo.

miércoles, abril 29, 2009

Nota musical


Aquí me tienes, poniéndome en solfa, como un borrón en el pentagrama. Sonando a disonante chorrada de moda, politono de oferta. Cantando más que un gallo con la gripe del cerdo. Soy la nota discordante de la canción que no recuerdas. Más falso que los bises de un concierto en playback. Más hueco que los arreglos de un villancico de madrugada en las voces rotas de los borrachos de agosto. Pero por alguna extraña razón, este error manifiesto de la partitura, este "diabolus in música", arrepentido y con los cuernos gachos, se siente con fuerza para seguir dando la nota. Tan inconsciente como un invertebrado en la consulta del traumatólogo, sin tener muy claro si es un tritón o un tritono. Con crisis (o desaceleración) de identidad. Sin encontrarse en el espejo, por mucho que se mire. Pero escuchándose. De alguna manera, mi energía fluye con la fuerza desmayada de la inercia desbocada. No sé si son mis latidos que me persiguen, o yo que intento ponerme a su altura. Ave de paso. Sin plumas, pero tarareando. El caso es que, a ratos y sin avisar, la melodía está empezando a cambiar. Se hace más sincopada, más atrevida. Igual es mi alma negra, que se ha puesto nostálgica y cachonda. Tomándose vacaciones, por una vez, de este cuerpo (penal de baja seguridad). Igual soy una fuga, proyectada a reacción, lanzada en plan kamikaze, contra esta estricta y rígida sinfonía sin sentido. Concierto en la o en mi, pero sin mí. Yo prefiero desafinar con el silencio que no decir nada con los gritos.

viernes, enero 16, 2009

Como siempre

Otro enero sin avisar. Otra muerte cercana que no se deja oír. Navegan torpes los cuerpos, vomitando las almas por el vértigo de no poder salir. Desesperar es lo contrario a dejar de esperar. Y mientras remo sin esperar nada, mientras huyo sin tener a dónde huir, irrumpe la mañana descarnada, en otro gran efecto especial de ese gran tramposo, que quiere engañar a la noche y engañarme a mí.

sábado, diciembre 13, 2008

Antonio, el de la ferretería


Ya son las nueve y Antonio abre, puntual como todas las mañanas. Bostezando, porque ha dormido poco. Sabe que hasta dentro de un rato no empezarán a llegar clientes, pero disfruta de esa primera hora de tranquilidad en la tienda, saboreando el café que se ha traído del bar de la esquina.

Como es miércoles, su mujer no llegará hasta eso de las doce, porque tiene cursillo de informática. Pero no le importa tener que despachar él solo. Es más, lo prefiere así. No le acaba de gustar la familiaridad con que ella trata a la clientela, preguntando por temas personales a la más mínima ocasión. Antonio es mucho más discreto y no le van esas confianzas mal entendidas. En ocasiones se ha llegado a sentir avergonzado, viendo que su esposa se pasaba de la raya, opinando acerca de cuestiones que para nada la atañían. Eso por no hablar de los "jocosos" comentarios en público acerca de la incipiente calvicie de su marido.

"Ha salido a su madre en eso", se decía el joven a sí mismo. "No es mala persona, pero le pierden la curiosidad y la lengua. No lo hace a mala fe".

Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, no puede evitar imaginarse cómo será esa misma mujer dentro de unos años, cuando la sana curiosidad se haya convertido presumiblemente en ese afán inquisitorial heredado de la progenitora. Mejor no pensar.

Transcurre la primera parte de la mañana sin demasiado trabajo. La crisis se nota hasta en las ferreterías. De todas formas, siempre hay algo que hacer. Controlar el género, reponer, limpiar... y mientras coloca unas herramientas en el expositor, se acuerda de que hoy toca inventario. Qué fastidio. Sabe lo pesada que se pone ella siempre en esas ocasiones, repasando hasta el último detalle una y otra vez, hasta que todo cuadre. Le parece que el último inventario fue ayer mismo. ¿Tan rápido ha pasado el tiempo? Pareciera que alguien se ha estado entreteniendo en acelerar los relojes.

Su mujer ha llegado y enseguida ha tomado posesión del establecimiento, atendiendo a varias personas al mismo tiempo y sin contar con él más que para ayudarla a coger algo pesado, o para consultar cuestiones técnicas. En un momento determinado, Antonio se empieza a sentir mal.

Conforme avanza el día, el malestar ha ido yendo y viniendo a ráfagas. Un malestar que no es nuevo, pero al que no le ha dado hasta ahora demasiada importancia. Tal vez por no relacionarlo con nada serio (el tiempo, la presión atmosférica, el colesterol...) Sin embargo ahora, sin saber por qué, ha sabido que es algo más difuso, menos físico. Algo relacionado con su mujer, con la ferretería y con su propia vida.

Ha pasado la tarde y ha llegado la hora de cerrar. Momento del inventario. Ella se ha mostrado especialmente irritable durante toda la jornada, o eso le ha parecido a Antonio. ¿O tal vez siempre ha sido así? De repente, siente vértigo. Se tiene que apoyar en el mostrador para no caer. La mujer hace un amago de acercarse, alarmada. Pero al ver que no es nada, hace un gesto de desdén y se vuelve a la trastienda, con paso enérgico. Antonio se sienta y suspira. Es como si en ese momento hubiese estallado algo dentro de él. Algo que llevaba mucho tiempo gestándose y que tan sólo había dado señales de vida con cuentagotas. Ahora todo es debilidad y ganas de salir corriendo. Correr... ¿adónde? Lejos de la ferretería, de ella, de la madre de ella y de todo lo demás. Mientras tanto, en apenas un segundo, le han venido a la mente imágenes de otros tiempos, de decisiones tomadas años atrás, de errores nunca reconocidos, de traiciones absurdas y de oportunidades perdidas.

Desde la trastienda, le llega la voz chillona:

-Antonio, me falta un tornillo.

Y Antonio responde:

-Sí, cariño.

Y piensa: "a mí también".


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Con cariño, para L.

miércoles, noviembre 12, 2008

El canto de las sirenas: "Already Dead"

"Already Dead", BECK




Cuando ves que el tubo de colores con los que pintas tus lágrimas ya no da más de sí.

lunes, septiembre 29, 2008

Ser o no ser


Un día, cuando ya no esperaba nada, lo encontré todo. Pero cuando fui consciente de que lo tenía, ya lo había perdido. Después me he hartado de buscar por los rincones del mundo (de éste y de algún otro) y por no encontrar, no me he encontrado ni a mí mismo. Aunque bien pensado, mejor así. Luego pasan los días, sin darme cuenta. Cuando me doy cuenta, es cuando está pasando algo. Y quiero recogerme, sin hacer ruido. No llamar la atención. No hacerme notar, por miedo a que algo se rompa, o estalle, partiéndome en pedazos. Pero casi nunca lo consigo. Y cada vez me despierto más pequeño, más incompleto, como si partes de mí se fuesen quedando por el camino. Un camino de esos que no se ven, por mucho que mires hacia atrás. Luego, dejo de pensar y todo vuelve a la normalidad. Esa normalidad sin nombre, sin voz y sin olores. Esa normalidad que engaña al tiempo, que da cuerda al reloj con más fuerza que ninguna otra. ¿Cuántos días han pasado?, ¿cuántas decisiones he dejado de tomar y cuántas veces me he dejado llevar sin pararme a pensarlo? Este ahora es otro punto sin retorno en la línea infinita de lo que no sucede, porque lo que sucede ya no existe. Deambulando, me paro a cada rato, queriendo decir algo. Quisiera explicarme y encontrar cuál es la pregunta a tantas respuestas idiotas. Entonces vuelvo a desesperarme, cuando siento que alguien se para a escuchar, pero no encuentro mi voz (aunque tampoco sabría qué decir). ¿Qué persigo?, ¿qué busco?, ¿qué espero? O mejor aún, ¿he de seguir buscando, cuando sé que sólo encuentro sin quererlo? Pero si me detengo, tal vez me siga deshaciendo, con cada nuevo ataque de realidad, que me haga sentir despierto. Y cuando quiera darme cuenta, ya sea tarde para ser cierto.

martes, septiembre 16, 2008

Graffiti


Hay un universo sin tiempo ni límites, que no empieza, ni se acaba, ni se abre, ni se cierra, ni se expande, ni se contrae, ni se entiende.
Hay una constelación de innumerables soles encendidos, apagados e indecisos.
Hay un planeta azul que gira sobre sí mismo sin ir a ningún lado.
Hay un continente que se muere de viejo, azotado por los delirios y los malos sueños de millones de almas en pena que sonríen y dan miedo.
Hay un país erosionado por el peso de las mareas contra sus esquinas.
Hay una ciudad populosa que por las noches habla y murmura y durante el día se deja hacer en silencio.
Hay una casa con ventanas que hace mucho que dejaron de mirar hacia afuera.
Hay una habitación sin tiempo ni límites, que no empieza, ni se acaba, ni se abre, ni se cierra, ni se expande, ni se contrae, ni se entiende.
Y hay una pintada en la pared diciendo: "¿Dónde estás?"

domingo, junio 15, 2008

Diálogos junto a la hoguera: On the Road

-¿Te llevo, guapa?
-Si quieres...
-No te asustan las motos, ¿no?
-No sé.
-Es que ésta corre que se las pela. Y hay chavalas que se acojonan.
-Ya.
-Agárrate bien. Agárrate sin miedo. Aunque me aprietes no voy a gritar, ¿eh?
-Bueno.
-Notas los músculos, ¿eh?
-Sí.
-Tres horas de gimnasio todos los días. Toooodos los días sin falta.
-Oh.
-Así estoy yo de macizorro, claro.
-Sí.
-¿Y qué hace una tía tan guapísima como tú haciendo auto stop en una carretera así de solitaria?
-Nada.
-¿Cómo que nada?
-No sé.
-Joder, tía. ¿Vas colocada o qué? Tienes unos ojillos...
-No sé.
-Además estás toda pálida. Pero a mí me da igual, ¿eh? Las tías paliduchas me van mogollón.
-Ah.
-¿Qué?, ¿has visto qué suave va la moto? La cuido más que a mis novias, jajaja!
-Es muy bonita. ¡¡¡¡AH!!!!
-¿Qué te pasa ahora?
-¡¡¡Esa curva!!!
-¿Qué pasa con la curva? No te preocupes, que yo la moto la controlo de puta madre. Pues bueno soy yo para eso. La moto y las tías se me dan de maravilla.
-¡¡¡Esa curva!!!
-Y dale con la curva. ¿Qué coño pasa con la curva?
-Ahí me maté yo.
-Pero, ¿qué dices? ¿Estás tarada o qué?
-Soy la Muerta de la Curva.
-¡Ah, vale! ¡Era eso! Pues mira nena, yo soy el Motorista Fantasma.

Las horas


Aquella mañana desperté con la sensación de que me hallaba ante un período de especial felicidad, lleno de promesas. Anticipándome a ella. Me equivocaba. Me equivocaba al pensar que esa felicidad estaba próxima, o al caer. Me equivocaba porque la felicidad era eso. Era ese momento. Y cuando fui consciente de ello, ya era tarde. Como cada vez que pretendo apresar un instante. Siempre es tarde, porque cuando lo veo ante mis ojos, está pasando de largo. De nada sirve alargar los brazos, intentar discernir su olor o inventarme un nombre para él. Muchas veces me siento como Meryl Streep ante su amigo moribundo, tratando de explicarle (de explicarme) los mecanismos del tiempo vivificador y del tiempo asesino, que en el fondo son lo mismo. Las horas que sólo podemos identificar cuando ya no existen. Impenetrables. Secretas. Misteriosas. Las horas escondidas en que nunca terminamos de vivir ni de morir del todo. Mientras tanto, perdemos siglos pretendiendo entender centésimas de segundo. Cuando me miro al espejo y me veo envejecer. Cuando el cristal me devuelve su reflejo demasiado tarde. Quiero entender lo inexplicable, para ser consciente de ello. Necesito saberme testigo de mi propia vida. Siempre corriendo detrás suyo. Siempre detrás de mi sombra. Que aquella mañana y todo lo que vino con ella no llegue de repente, sin más. Que antes de aquella mañana haya muchas noches en vela, en que me pueda sentar a esperarla.

sábado, junio 14, 2008

¿Has jugado a canicas alguna vez?


¿Has visto el tiempo detenerse en una tira retorcida de colores? ¿Has visto el mundo girando sobre la arena del parque? ¿Has visto una tarde eterna de veinte minutos de duración? ¿Has visto el pasado escrito en una bolita de cristal? ¿Has visto la emoción de la infancia camino de un abismo sin fondo? ¿Has visto al que nunca nadie volvió a ver? ¿Has visto el sol brillar más que nunca en aquel rincón en sombras? ¿Has visto el silencio que precede a todo lo que vino después? ¿Has visto cuatro o cinco sonrisas reflejadas en un centímetro de diámetro? ¿Has visto un espacio tan grande cubierto por gente tan pequeña? ¿Has visto a las hojas de los árboles mecerse con un aire más dulce? ¿Has visto tan triste a alguien ganar y tan feliz a alguien perder? ¿Has jugado a canicas alguna vez?