miércoles, abril 29, 2009

Nota musical


Aquí me tienes, poniéndome en solfa, como un borrón en el pentagrama. Sonando a disonante chorrada de moda, politono de oferta. Cantando más que un gallo con la gripe del cerdo. Soy la nota discordante de la canción que no recuerdas. Más falso que los bises de un concierto en playback. Más hueco que los arreglos de un villancico de madrugada en las voces rotas de los borrachos de agosto. Pero por alguna extraña razón, este error manifiesto de la partitura, este "diabolus in música", arrepentido y con los cuernos gachos, se siente con fuerza para seguir dando la nota. Tan inconsciente como un invertebrado en la consulta del traumatólogo, sin tener muy claro si es un tritón o un tritono. Con crisis (o desaceleración) de identidad. Sin encontrarse en el espejo, por mucho que se mire. Pero escuchándose. De alguna manera, mi energía fluye con la fuerza desmayada de la inercia desbocada. No sé si son mis latidos que me persiguen, o yo que intento ponerme a su altura. Ave de paso. Sin plumas, pero tarareando. El caso es que, a ratos y sin avisar, la melodía está empezando a cambiar. Se hace más sincopada, más atrevida. Igual es mi alma negra, que se ha puesto nostálgica y cachonda. Tomándose vacaciones, por una vez, de este cuerpo (penal de baja seguridad). Igual soy una fuga, proyectada a reacción, lanzada en plan kamikaze, contra esta estricta y rígida sinfonía sin sentido. Concierto en la o en mi, pero sin mí. Yo prefiero desafinar con el silencio que no decir nada con los gritos.

viernes, enero 16, 2009

Como siempre

Otro enero sin avisar. Otra muerte cercana que no se deja oír. Navegan torpes los cuerpos, vomitando las almas por el vértigo de no poder salir. Desesperar es lo contrario a dejar de esperar. Y mientras remo sin esperar nada, mientras huyo sin tener a dónde huir, irrumpe la mañana descarnada, en otro gran efecto especial de ese gran tramposo, que quiere engañar a la noche y engañarme a mí.

sábado, diciembre 13, 2008

Antonio, el de la ferretería


Ya son las nueve y Antonio abre, puntual como todas las mañanas. Bostezando, porque ha dormido poco. Sabe que hasta dentro de un rato no empezarán a llegar clientes, pero disfruta de esa primera hora de tranquilidad en la tienda, saboreando el café que se ha traído del bar de la esquina.

Como es miércoles, su mujer no llegará hasta eso de las doce, porque tiene cursillo de informática. Pero no le importa tener que despachar él solo. Es más, lo prefiere así. No le acaba de gustar la familiaridad con que ella trata a la clientela, preguntando por temas personales a la más mínima ocasión. Antonio es mucho más discreto y no le van esas confianzas mal entendidas. En ocasiones se ha llegado a sentir avergonzado, viendo que su esposa se pasaba de la raya, opinando acerca de cuestiones que para nada la atañían. Eso por no hablar de los "jocosos" comentarios en público acerca de la incipiente calvicie de su marido.

"Ha salido a su madre en eso", se decía el joven a sí mismo. "No es mala persona, pero le pierden la curiosidad y la lengua. No lo hace a mala fe".

Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, no puede evitar imaginarse cómo será esa misma mujer dentro de unos años, cuando la sana curiosidad se haya convertido presumiblemente en ese afán inquisitorial heredado de la progenitora. Mejor no pensar.

Transcurre la primera parte de la mañana sin demasiado trabajo. La crisis se nota hasta en las ferreterías. De todas formas, siempre hay algo que hacer. Controlar el género, reponer, limpiar... y mientras coloca unas herramientas en el expositor, se acuerda de que hoy toca inventario. Qué fastidio. Sabe lo pesada que se pone ella siempre en esas ocasiones, repasando hasta el último detalle una y otra vez, hasta que todo cuadre. Le parece que el último inventario fue ayer mismo. ¿Tan rápido ha pasado el tiempo? Pareciera que alguien se ha estado entreteniendo en acelerar los relojes.

Su mujer ha llegado y enseguida ha tomado posesión del establecimiento, atendiendo a varias personas al mismo tiempo y sin contar con él más que para ayudarla a coger algo pesado, o para consultar cuestiones técnicas. En un momento determinado, Antonio se empieza a sentir mal.

Conforme avanza el día, el malestar ha ido yendo y viniendo a ráfagas. Un malestar que no es nuevo, pero al que no le ha dado hasta ahora demasiada importancia. Tal vez por no relacionarlo con nada serio (el tiempo, la presión atmosférica, el colesterol...) Sin embargo ahora, sin saber por qué, ha sabido que es algo más difuso, menos físico. Algo relacionado con su mujer, con la ferretería y con su propia vida.

Ha pasado la tarde y ha llegado la hora de cerrar. Momento del inventario. Ella se ha mostrado especialmente irritable durante toda la jornada, o eso le ha parecido a Antonio. ¿O tal vez siempre ha sido así? De repente, siente vértigo. Se tiene que apoyar en el mostrador para no caer. La mujer hace un amago de acercarse, alarmada. Pero al ver que no es nada, hace un gesto de desdén y se vuelve a la trastienda, con paso enérgico. Antonio se sienta y suspira. Es como si en ese momento hubiese estallado algo dentro de él. Algo que llevaba mucho tiempo gestándose y que tan sólo había dado señales de vida con cuentagotas. Ahora todo es debilidad y ganas de salir corriendo. Correr... ¿adónde? Lejos de la ferretería, de ella, de la madre de ella y de todo lo demás. Mientras tanto, en apenas un segundo, le han venido a la mente imágenes de otros tiempos, de decisiones tomadas años atrás, de errores nunca reconocidos, de traiciones absurdas y de oportunidades perdidas.

Desde la trastienda, le llega la voz chillona:

-Antonio, me falta un tornillo.

Y Antonio responde:

-Sí, cariño.

Y piensa: "a mí también".


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Con cariño, para L.

miércoles, noviembre 12, 2008

El canto de las sirenas: "Already Dead"

"Already Dead", BECK




Cuando ves que el tubo de colores con los que pintas tus lágrimas ya no da más de sí.

lunes, septiembre 29, 2008

Ser o no ser


Un día, cuando ya no esperaba nada, lo encontré todo. Pero cuando fui consciente de que lo tenía, ya lo había perdido. Después me he hartado de buscar por los rincones del mundo (de éste y de algún otro) y por no encontrar, no me he encontrado ni a mí mismo. Aunque bien pensado, mejor así. Luego pasan los días, sin darme cuenta. Cuando me doy cuenta, es cuando está pasando algo. Y quiero recogerme, sin hacer ruido. No llamar la atención. No hacerme notar, por miedo a que algo se rompa, o estalle, partiéndome en pedazos. Pero casi nunca lo consigo. Y cada vez me despierto más pequeño, más incompleto, como si partes de mí se fuesen quedando por el camino. Un camino de esos que no se ven, por mucho que mires hacia atrás. Luego, dejo de pensar y todo vuelve a la normalidad. Esa normalidad sin nombre, sin voz y sin olores. Esa normalidad que engaña al tiempo, que da cuerda al reloj con más fuerza que ninguna otra. ¿Cuántos días han pasado?, ¿cuántas decisiones he dejado de tomar y cuántas veces me he dejado llevar sin pararme a pensarlo? Este ahora es otro punto sin retorno en la línea infinita de lo que no sucede, porque lo que sucede ya no existe. Deambulando, me paro a cada rato, queriendo decir algo. Quisiera explicarme y encontrar cuál es la pregunta a tantas respuestas idiotas. Entonces vuelvo a desesperarme, cuando siento que alguien se para a escuchar, pero no encuentro mi voz (aunque tampoco sabría qué decir). ¿Qué persigo?, ¿qué busco?, ¿qué espero? O mejor aún, ¿he de seguir buscando, cuando sé que sólo encuentro sin quererlo? Pero si me detengo, tal vez me siga deshaciendo, con cada nuevo ataque de realidad, que me haga sentir despierto. Y cuando quiera darme cuenta, ya sea tarde para ser cierto.

martes, septiembre 16, 2008

Graffiti


Hay un universo sin tiempo ni límites, que no empieza, ni se acaba, ni se abre, ni se cierra, ni se expande, ni se contrae, ni se entiende.
Hay una constelación de innumerables soles encendidos, apagados e indecisos.
Hay un planeta azul que gira sobre sí mismo sin ir a ningún lado.
Hay un continente que se muere de viejo, azotado por los delirios y los malos sueños de millones de almas en pena que sonríen y dan miedo.
Hay un país erosionado por el peso de las mareas contra sus esquinas.
Hay una ciudad populosa que por las noches habla y murmura y durante el día se deja hacer en silencio.
Hay una casa con ventanas que hace mucho que dejaron de mirar hacia afuera.
Hay una habitación sin tiempo ni límites, que no empieza, ni se acaba, ni se abre, ni se cierra, ni se expande, ni se contrae, ni se entiende.
Y hay una pintada en la pared diciendo: "¿Dónde estás?"

domingo, junio 15, 2008

Diálogos junto a la hoguera: On the Road

-¿Te llevo, guapa?
-Si quieres...
-No te asustan las motos, ¿no?
-No sé.
-Es que ésta corre que se las pela. Y hay chavalas que se acojonan.
-Ya.
-Agárrate bien. Agárrate sin miedo. Aunque me aprietes no voy a gritar, ¿eh?
-Bueno.
-Notas los músculos, ¿eh?
-Sí.
-Tres horas de gimnasio todos los días. Toooodos los días sin falta.
-Oh.
-Así estoy yo de macizorro, claro.
-Sí.
-¿Y qué hace una tía tan guapísima como tú haciendo auto stop en una carretera así de solitaria?
-Nada.
-¿Cómo que nada?
-No sé.
-Joder, tía. ¿Vas colocada o qué? Tienes unos ojillos...
-No sé.
-Además estás toda pálida. Pero a mí me da igual, ¿eh? Las tías paliduchas me van mogollón.
-Ah.
-¿Qué?, ¿has visto qué suave va la moto? La cuido más que a mis novias, jajaja!
-Es muy bonita. ¡¡¡¡AH!!!!
-¿Qué te pasa ahora?
-¡¡¡Esa curva!!!
-¿Qué pasa con la curva? No te preocupes, que yo la moto la controlo de puta madre. Pues bueno soy yo para eso. La moto y las tías se me dan de maravilla.
-¡¡¡Esa curva!!!
-Y dale con la curva. ¿Qué coño pasa con la curva?
-Ahí me maté yo.
-Pero, ¿qué dices? ¿Estás tarada o qué?
-Soy la Muerta de la Curva.
-¡Ah, vale! ¡Era eso! Pues mira nena, yo soy el Motorista Fantasma.

Las horas


Aquella mañana desperté con la sensación de que me hallaba ante un período de especial felicidad, lleno de promesas. Anticipándome a ella. Me equivocaba. Me equivocaba al pensar que esa felicidad estaba próxima, o al caer. Me equivocaba porque la felicidad era eso. Era ese momento. Y cuando fui consciente de ello, ya era tarde. Como cada vez que pretendo apresar un instante. Siempre es tarde, porque cuando lo veo ante mis ojos, está pasando de largo. De nada sirve alargar los brazos, intentar discernir su olor o inventarme un nombre para él. Muchas veces me siento como Meryl Streep ante su amigo moribundo, tratando de explicarle (de explicarme) los mecanismos del tiempo vivificador y del tiempo asesino, que en el fondo son lo mismo. Las horas que sólo podemos identificar cuando ya no existen. Impenetrables. Secretas. Misteriosas. Las horas escondidas en que nunca terminamos de vivir ni de morir del todo. Mientras tanto, perdemos siglos pretendiendo entender centésimas de segundo. Cuando me miro al espejo y me veo envejecer. Cuando el cristal me devuelve su reflejo demasiado tarde. Quiero entender lo inexplicable, para ser consciente de ello. Necesito saberme testigo de mi propia vida. Siempre corriendo detrás suyo. Siempre detrás de mi sombra. Que aquella mañana y todo lo que vino con ella no llegue de repente, sin más. Que antes de aquella mañana haya muchas noches en vela, en que me pueda sentar a esperarla.

sábado, junio 14, 2008

¿Has jugado a canicas alguna vez?


¿Has visto el tiempo detenerse en una tira retorcida de colores? ¿Has visto el mundo girando sobre la arena del parque? ¿Has visto una tarde eterna de veinte minutos de duración? ¿Has visto el pasado escrito en una bolita de cristal? ¿Has visto la emoción de la infancia camino de un abismo sin fondo? ¿Has visto al que nunca nadie volvió a ver? ¿Has visto el sol brillar más que nunca en aquel rincón en sombras? ¿Has visto el silencio que precede a todo lo que vino después? ¿Has visto cuatro o cinco sonrisas reflejadas en un centímetro de diámetro? ¿Has visto un espacio tan grande cubierto por gente tan pequeña? ¿Has visto a las hojas de los árboles mecerse con un aire más dulce? ¿Has visto tan triste a alguien ganar y tan feliz a alguien perder? ¿Has jugado a canicas alguna vez?

miércoles, mayo 07, 2008

Una cualquiera de las últimas mañanas


Llego muy pronto. Están casi todas las luces apagadas. Me encuentro a C. en la escalera y me dice que hemos madrugado demasiado.

T. hace el típico comentario de la máquina de fichar y los dedos que no terminan de funcionar bien. Intento hacer ver que me hace gracia, como siempre. Creo que cada vez se me nota más y que ya no le caigo tan bien como al principio. De hecho, juraría que me quitó de encima aquel marrón porque ya sabía que tenía los días contados.

Conforme pasan los minutos, van llegando desde el pasillo las voces de otros que fichan y hablan solos con la máquina. Qué buena idea sería la de poner ahí una cámara oculta. Aunque ahora que lo pienso, nadie me asegura que no esté puesta.

Repaso las webs habituales. No parece que haya pasado gran cosa. Catástrofes intercambiables unas con otras, líneas y líneas de texto de relleno e imágenes que no valen más que todas esas palabras, porque son igual de insípidas.

Hoy estoy bastante solo porque A. se ha ido a su país y M. se ha cogido día libre.

Poco a poco me voy haciendo a la idea de que esto se acaba e intento ver el lado positivo. Me sorprende comprobar que no me cuesta demasiado encontrarlo. Ya hace meses que me siento prescindible en este sitio y que me apetece cambiar de ambiente, o simplemente poder ser el dueño del tiempo que pierdo. Además, también D. se va a marchar, poco antes o poco después que yo. Todo será que en algún momento esté echando de menos todo esto y dándome de cabezazos. Pero al fin y al cabo, tampoco depende de mí.

Viene M. y se sorprende de verme en mi actual ubicación. Ya hace tres meses que estoy aquí, pero ella aún no se había enterado. Me alegra ver que hay gente todavía más fuera de onda que yo. Seguramente a causa de la sorpresa, tan sólo ha sido capaz de contarme dos o tres anécdotas "interesantísimas" de las suyas. Creo que, decididamente, ésta es una de las cosas que no voy a echar de menos.

Hoy parece uno de esos días de calma tensa, en que aparentemente no hay mucho trabajo, pero que de repente dan un vuelco con siete cosas que surgen de repente. Todas ellas urgentes, por supuesto.

Tarareo por lo bajo: tú te crees que yo me invento de qué color es el viento, me lo encuentro por la calle y siempre paro a hablar con él. Y hace tiempo que no miento y no pienso volverme atrás, si no puedo equivocarme ponme riendas y un bozal.

Ese Robe, siempre tan oportuno.

Anda! Hoy S. ha venido vestida de primavera. Y tiene una expresión bastante especial.

Qué sonrisa tan rara...

No entiendo cómo es posible que C. todavía tenga encendido el calefactor en su despacho. Abres la puerta y aquello es un microclima infernal. Y qué tono tan atractivo le dan a su voz los aparatos en los dientes. Me encanta la manera tan firme y elegante que tiene de quitarse de encima a los plastas que atiende.

Joder... el tío que cambia los contenedores de reciclar papel cada vez me da más miedo. Cualquier día me encuentro su cara en el periódico. Cuando pasa por detrás de mí con la carretilla, le miro de reojo, porque no me fío. Lo que lleva en el bolsillo lo mismo puede ser un móvil que un cuchillo jamonero.

Cómo se nota a faltar a A. Tiene esa alegría contagiosa que no te importa si es verdadera o fingida. En unos pocos días se ha quitado de encima a un jefe odioso y a un marido peor aún. Sí. Seguro que es verdadera.

Hoy las musarañas están más aburridas que nunca. Y hablando de musarañas, me he acordado de Bloodymara. Voy a pasarme por su blog, que hace tiempo que no sé nada de ella.

Ya tá.

Creo que saldré a dar una vuelta.

Al doblar la esquina ha pasado P. y he hecho ver que no le veía. Creo que se ha dado cuenta. Y me ha sabido mal. Consecuencia: diez minutos comiéndome el tarro tontamente. Le podía haber saludado y me lo habría ahorrado. Lo recordaré para la próxima vez. Aunque lo más seguro es que no lo recuerde y haga lo mismo.

La calle estaba llena de hooligans camuflados con mujeres, niños y cámaras digitales y de viejos de esos que tienen la asombrosa capacidad de ocupar toda la acera cuando caminan a paso de tortuga, aunque midan un metro veinte y pesen cuarenta kilos.

Me sorprendo de la cantidad de negocios que están cerrando o traspasándose. Cada mañana me encuentro con uno. Como siempre, haciendo gala de mi prodigioso don de la oportunidad, quedándome en paro en el momento más desaconsejable.

Así que sigo tarareando: No sé si atracar un banco, o irme a desintoxicar. Para qué quiero el dinero si todo me sienta mal.

Me llegan señales de alerta, porque me estoy empezando a reír demasiado histéricamente de mí mismo, lo cual suele ser signo de próximo bajón anímico. Ommmmmm...!

Y con esto y un bizcocho, ha pasado la mitad de la jornada. Ahora sólo me queda la segunda mitad, que siempre parece durar siete veces más.

Por santa penélope de todas las cruces, qué aburridísimos están hoy los foros. En cambio, seguro que si estuviese hasta el culo de trabajo, habría ochenta hilos interesantes. Es matemático y está comprobado. Tendría que haber una entrada en la wikipedia hablando sobre ello: la Ley del Interés Foril Progresivamente Creciente o Decreciente Según el Tiempo de que se Dispone. Demasiado largo. Que lo llamen Ley Maburro. Estoy por participar en un encadenado de esos. No. Un momento. Quieto parao. No estoy tan desesperado.

Ha vuelto a pasar S. dos o tres veces a lo largo de este rato y sigue mostrando un brillo distinto en los ojos. No es normal que se pasee tanto. Me da la sensación de que tiene muchas ganas de contar algo, pero no sabe a quién.

Caray!! Diez "minutazos" desde que he mirado el reloj. El tiempo va más despacio que los viejos de metro veinte.

Qué pesado está T. con la reunión de la semana que viene. Ni que fuese una cumbre de la OTAN. Si los aires de grandeza se pudiesen medir, éste tendría para abrir una central eólica. Lo malo es que como todos saben lo cansino que es, me piden las cosas a mí. A ver si se va de viaje unos días. Aunque luego se empeñará en enseñarme las fotos. No sé qué es peor.

Aagghh!! He salido a desayunar demasiado pronto. Esto se hace interminable y ahora casi no hay nadie, porque todo el mundo ha salido. Es la típica hora en que empiezan a sonar los teléfonos y sólo estoy yo para cogerlos.

Bueno, dos horas y veinte minutos más y a casa. Lo que dura "Mulholland Drive". ¿Qué más películas hay que duren ciento cuarenta minutos? ¿"Independence Day"?, ¿"Armaggedon"? Vaya, por lo visto es una duración estandard para los bodrios de acción, con la excepción de la de Lynch, claro. Ahora que pienso, creo que "La condesa descalza" también dura eso. Pues nada, esta ley no se cumple.

¿Qué decía? Ahí está. El teléfono de M. Pues que lo coja Rita (si es que no ha salido a desayunar).

Más señales de alarma. Estoy empezando a sobrepasar peligrosamente el nivel habitual de paridas en los foros. Y eso que no cuento las de esta entrada (si es que al final la publico, que cada vez lo tengo menos claro).

Cumplo a rajatabla (bueno, tan a rajatabla como puedo) el sabio consejo de Stephen King de reducir al mínimo la cantidad de adverbios de modo, al escribir. Pero me resulta verdaderamente (ouch!) difícil.

Tenía que hacer algo de camino a casa, pero se me ha ido completam... por completo de la cabeza. Ah, sí. Pasar por el súper. Ahora sólo falta que me acuerde de qué tenía que comprar. Y esta noche el Madrid-Barça. Como se le ocurra al vecino de al lado traerse a los amigos para verlo por la tele y quedarse hasta las dos de la madrugada haciendo otra vez el cafre, mañana en el periódico salgo yo, al lado del tío del contenedor del papel para reciclar.

Albricias! T. se va y ya no vuelve hasta mañana. Ahora podré aburrirme esta hora y tres cuartos que queda con toda tranquilidad. Estos ciento cinco minutos que es lo que dura, por ejemplo, "Escalofrío en la noche". Hace tiempo que no veo esa peli.

Hora y media. Parece que el foro se anima, sale el sol y el teléfono vuelve a sonar. Bueno, ahora sí lo cojo. Vaya manera de meter la gamba. Toda la mañana diciéndole a la gente que M. se había cogido día libre y en realidad ha estado reunido fuera. Qué gran profesional van a perder cuando me den la patada.

Ahora entra un señor con un bigote inmenso (ahí hay más pelo que en mis dos piernas juntas) y me pilla en mitad de un bostezo. Bravo y hurra. Ésta es la imagen que hay que transmitir. Lo siento, señor que se parece a Íñigo. Es que llevo aquí toda la mañana aburriéndome y sólo me quedan ochenta minutos (que es lo que dura "Top Secret", para que se haga usted una idea) para irme a casa a comer, no sin antes pasar por el supermercado a comprar algo que soy incapaz de recordar. Ya sabrá usted disculparme. ¿Se puede decir todo esto con una sonrisa de circunstancias? Espero que sí.

Y vueeeelve a sonar el teléfono. Ahora toca no cogerlo. Aunque mi instinto me dice que debería hacerlo. Y ajá!! Es T. que llama para controlar que no me haya ido. Es tan previsible en esto como en todo lo demás.

Una señora que entra preguntando si es aquí donde dan trabajo de limpiadora. Le estoy a punto de decir: no, aquí no es, pero si lo encuentra, llámeme. Pero me limito a decirle que pruebe en el tercer piso, que creo que es allí donde buscan gente. Me contesta, muy convencida, que probará primero en el segundo y no encuentro ninguna razón de peso para rebatírselo. Que pregunte donde quiera.

Con considerable retraso sobre el horario habitual, me llega la batería de emails inútiles de A. Aunque, en honor a la verdad, hay que decir que inútiles del todo no son, puesto que sirven para llenarme el disco duro y no dejarme guardar cosas que sí me interesan. Así que... papelera: ábrete. Allí que van a parar todos, no sin antes recordar cagarme en los muertos del que inventó los powerpoints con cadenas de amistad, ésas que si las rompes, juran y perjuran que se te aparecerá a los pies de la cama Antonio Gala en tanga de leopardo recitándote poemas de Benedetti.

Atención. Oigo por el pasillo la voz de M.A. Maldita sea, pasa de largo. Ya no me quiereeeee... Me da igual, sólo queda media hora. Ahora mismo ni siquiera el desamor puede conmigo.

Sería cuestión de ir acordándome de qué demonios tengo que comprar, puesto que se acerca el momento y es bastante probable que la cajera del súper no lo sepa, ni siquiera los reponedores.

Último viaje al meadero, que hoy huele un poco menos mal de lo habitual. Será que se va acercando el fin de semana y empiezo a verlo (y olerlo) todo de otra manera. Por cierto, que no quisiera quedarme nunca encerrado en ese baño. La única ventana que hay da a un patio que pertenece a una vieja algo siniestra. Es de esas viejas que siempre me han dado miedo, como la del cuento de Pedro Antonio de Alarcón, "La mujer alta".

F. (érase un hombre a una horrible corbata pegado) ha venido y me ha preguntado por no sé qué historia de hace no sé cuánto tiempo que acabó no sé cómo. Diría que se ha marchado con más interrogantes en la cabeza que al entrar.

Y por fin..., qué ven mis ojos! Es la hora de irse. ¿Publico o no publico? Venga, lo publico.

Ahora es cuando le doy a enviar y se cuelga el asunto.




P.D. Patatas. Tenía que comprar patatas.

domingo, abril 20, 2008

Interludio


así que vamos a necesitar algo más que recuerdos para llenar todo este tiempo. Y a pesar de ello, a pesar de todos los días con sus tardes, a pesar de esa sensación de que por mucho tiempo que pase... no pasa nada, cada vez me siento más cerca de algún lugar raro y negro. Tiempo. Eso es lo único que hay. Por mucho que trate de engañarle, cuando abro los ojos y miro a mi alrededor, es lo primero que veo: el tiempo que ha pasado. Una arena cada vez más fina y más rápida que sigue deslizándose tras el cristal empañado. Y mientras, me desgañito y me agoto, sin darme cuenta. Todo está desenfocado. Me despierta un perro ladrando y sonrío pensando que él es más consciente que yo. Y por eso grita. A lo mejor se quedará toda la noche así, paseando de un lado a otro de la azotea, mientras yo vuelvo a olvidarme de todo. Al final será cierto que uno se queda solo, que no hay nada para llevarte contigo. Que todo se pierde, en la misma bruma en la que se desdibujan los rostros primero y los nombres después. O ese yo que imagino cada vez con menos frecuencia. Ese yo que sabe a dónde ir lo que hacer. Que los demás reconocen, o creen reconocer. Así pues, ¿por qué preocuparse? ¿De qué sirven las voces? ¿De qué sirve la espera? ¿De qué sirve este momento? ¿De qué sirve terminar de decir lo que digo, si no hay punto final a este

miércoles, marzo 19, 2008

El canto de las sirenas: "Fruit Tree"

"Fruit Tree", NICK DRAKE



...cuando todos se hayan ido.

sábado, febrero 23, 2008

Mensajes en una botella ( 6 )

¿Por qué todos los niños pequeños dibujarán igual?

domingo, enero 27, 2008

Ayer soñé con mariposas blancas


Y mientras soñaba, supe que la única felicidad real, es la que queda atrás. Que nada importa y que cada día termina de la misma manera. Que nunca podré echar abajo el muro de cristal que me separa de ti, de vosotros y de ellos. Que la última luz encendida no resistirá hasta el amanecer. Que el único camino que querría seguir va en dirección contraria. Que no conviene expresar los miedos en voz alta. Que nunca recuerdo lo que dije y nunca sé lo que decir. Que las puertas que se cierran para siempre, siempre me dejan al otro lado. Que no se debe luchar contra el azar, porque es una nueva batalla perdida en la guerra contra uno mismo. Que cuanto más buscas el cielo, más atado estás al infierno. Que cada sonrisa tiene un precio y que la mayor parte de las veces, vale la pena pagarlo. Que las palabras y los silencios se escapan para no volver. Que la angustia de hoy, puede ser la nostalgia de mañana. Que no sé hasta qué punto mi vida me pertenece. Que ningún espejo dice la verdad. Que todos los viajes son sólo de ida. Que cada vez que me ves, soy otro. Que el cielo azul es un efecto óptico. Que el sueño más profundo, suele esconder las peores pesadillas. Ayer soñé con mariposas blancas. Y cuando desperté, quise olvidarlas. Pero no pude.

miércoles, enero 16, 2008

Miércoles marrón


Cuando alguien te llama a su despacho, te pide que te sientes y empieza la conversación diciendo: "va a haber cambios"... Mal asunto.