martes, agosto 21, 2007

Ahora y después nunca


Déjame reconocerte en una tarde así, imprevista y gris, me digo sorprendido. Déjame encontrarte frente a un espejo casual, en mitad de la ciudad. Que tu reflejo sea la certeza de saberme un habitante más de este momento. No distinto a otro. No mejor, pero tampoco menos importante. Estoy harto de días sin huella. Hoy me encuentro en un lugar intrascendente, pero tintado de verdad difusa, que es la única verdad auténtica. Y mi sombra sirve tanto como la tuya para acariciar el asfalto. Y mis pasos me llevan a algún lugar, al que acaso querré volver alguna vez. Me encuentro en mitad de la calle. Cuando ya me había cansado de buscarme, me encuentro. Consciente de mí y de lo que espero. Mi intimidad no es sólo una palabra más. Soy algo más que un nombre. Soy este atardecer y este caminar. Un rostro cualquiera. También sé que todo esto, que nada significa, no sirve de nada. Y sin embargo, no tiene precio. Las aceras abarrotadas de gente, el ruido del tráfico, las luces cada vez menos tímidas y más sugerentes. Formar parte de esta escena de la que nadie es testigo directo, que tantos ven pero nadie siente, y que nadie se detiene a analizar. El íntimo regocijo de pensarme y verme. Dentro de un rato, nada habrá cambiado. Pero lo que ha sucedido, ya nunca volverá a ser.

1 Comments:

At 7:51 p. m., Anonymous Anónimo said...

En medio de la tarde, sí. De esta ciudad que es todas las ciudades. Como un anónimo más lamiendo el asfalto, paso a paso. El pulso de la ciudad, su respiración, las huellas imperceptibles que vamos dibujando en las aceras. Los escaparates como espejos de causalidades y casualidades. Los rostros de la gente que te cruzas y quizá no vuelvas a ver. Habitantes de nosotros mismos y del pulso de la calle. Y el pulso (tic-tac) de cada palabra tecleada.
Hoy es siempre todavía cuando escribes, cuando escribo.

 

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